| Por
Alfonso Silva Lee
Texto © Editorial Gente
Nueva - Instituto Cubano del Libro
- Calle 2 Nº 58, Plaza de la
Revolución -Ciudad de La Habana
- Cuba
Estamos
en una playita pequeña. La
franja de arena se sumerge en el mar;
un poco más allá el
agua toma un color entre verde y azul
tan lindo como difícil de describir.
Detrás hay una franja verde
oscuro, después otra entre
anaranjada y carmelita, del color
de la caoba: es el arrecife coralino.
Nos colocamos bien la careta, el esnorkel
y de a poco nos adentramos en el mar.
El
agua está fresca; es transparente
como un cristal. Todo aquí
es tan diferente que ni uno solo de
los animales y las plantas son siquiera
parecidos a los que conocemos de la
tierra. Es como si fuera otro mundo.
Desde que entramos en él sentimos
la primera diferencia: flotamos sin
esfuerzo alguno y, por supuesto, no
podemos caminar sobre el fondo. Aquí
somos como las aves... ¡Qué
sensación más agradable!.
Para avanzar damos brazadas y empujamos
el agua hacia atrás. En tierra
podemos ver una montaña o un
avión desde muy lejos. Bajo
el mar, sin embargo, ya a cierta distancia,
todo se vuelve azul.
Dando brazadas nos alejamos de la
orilla. Pasamos sobre un pequeño
prado de plantas con hojas en forma
de cinta, que recuerda el césped
de los jardines. Se trata de un alga
de hojas verdes y largas, llamada
Ceiba por los pescadores. Por ello
a este prado submarino le llaman ceibadal.
Entra las hojas, o por encima de ellas,
circulan pececillos pequeños
de color verdoso. Cuando nos acercamos
se alejan rápido, o, de pronto,
se zambullen de nariz entre el tupido
bosque en miniatura, desapareciendo
de la vista como por encanto.
Aún
antes de llegar al arrecife nos da
la bienvenida un grupo de curiosos:
los caballerotes y los peces perro.
Ellos han conocido nuestra presencia
desde lejos gracias a su buen oído.
Los caballerotes son grises y nadan
a cierta distancia del fondo. Los
peces perro, que parecen de mármol
crema y rojo, se acercan muy pegados
al ceibadal poniéndose casi
al alcance de la mano. Cuando hacemos
algún ademán por tocarlos
reaccionan rapidísimo, y de
un coletazo enérgico se alejan
de a poco. Nos miran con sus grandes
ojos circulares, siempre abiertos
al peligro o al alimento. Los peces
perro, como nadan a ras del fondo,
inclinan el cuerpo a un costado para
poder vernos mejor; no se sabe quién
examina a quién con mayor atención:
¿nosotros a ellos... o ellos
a nosotros? |